Después de compartir y permanecer largas horas junto a Lorena, se impregnaba de su exquisita figura, y de la singularidad de su aroma, se quedaba a su lado observándola, extraviado en el intenso brillo de sus ojos claros. El joven Ordenes, resultaba ser, en extremo, reservado y retraído. Su vasto mundo interior, complejo, variado en ideas y pensamientos, le matenían sumergido, durante gran parte del día, en novedosas disquisiciones. Todo su mundo, y en consecuencia su mirar sobre la vida, surgía de una postura equidistante, serena y silente. Observaba, contemplaba con frenesí las articulaciones sensibles que permitían la vida. Gustaba, incorporar, a su badaje intelectual, ideas frescas, novedosa y vigentes, de ahí su irrenunciable amor por la lectura le proporcionaba siempre nuevos enfoques sobre el misterio de la existencia.
Dar una opinión, a un grupo, terminaba siendo un suplicio, el nerviosismo se instalaba implacablemente en él. Hablaba, salvo que sus ideas eran planteadas sin análisis previo, carentes de lógica y coherencia. Su rostro se encendía, demorando mucho en apagarse, en el intertanto buscaba freneticamente donde esconderse. Internamente, rogaba, para que en la secuencia de intervenciones lo saltaran, o esperaba infructuosamente, que un campanazo milagroso le rescatara de esa difícil coyuntura. Su actitud con Lorena no podía ser muy distinta. En los regalos, encontró la forma de expresar lo que con palabras no lograba comunicar. Los regalos, para su enamorada, contenían mucho de simbolismos, y en cada uno de ellos, pretendía confirmar ese vínculo invisible que les unía. Entendía que esa personalidad era su sello particular, y no dedicaba mucho esfuerzo a modificarla. Lorena Fuenzalida, como mujer retocada a usanza del siglo pasado, esperaba que fuese él quién propusiera la posibilidad de una relación afectiva. Se quedó esperando esa declaración de amor que nunca llegó y que expiró silenciosamente en la tibieza de su adolescente corazón.
Ordenes visitaba regularmente a Lorena, intercambiaba opiniones con sus padres, ambos profesores de la Comuna de Lo Prado, en Santiago. Esa tarde, en la lenta agonía de los últimos días de Diciembre, llegó más temprano de lo habitual. Su corazón ansioso, se desesperaba cuando se distanciaba mucho tiempo de su amiga, ese día proyectaba disfrutarla más horas. Ella, había pensado conducir a una definición a su amigo con 'ventaja' para dilucidar sus verdaderos sentimientos con respecto a ella. Cansada de esperar, decidió tomar la iniciativa, preguntó francamente qué le sucedía a él. Desde el Departamento, ubicado en un cuarto piso, le invitó cordialmente a la escalera para dar curso a una conversación pendiente. Sentados, inquietos y nerviosos, en el segundo peldaño de la escuálida escalera, permanecieron en silencio largos minutos. Se miraban con insistencia, se buscaban con ternura. _ Bueno Miguel, _ irrumpió ella, _ tú me dirás. Necesito saber qué pasará con nosotros, _concluyó ella con la dulzura de una voz madura y reposada, _ Miguel, se re-acomodó en su estrecha posición, giró su cara, y un hálito de luz iluminó su semblante. Sus vivaces ojos la observaron cuadrícularmente. Usufructó de toda la belleza de su amiga, y en ella se gozó. Aprehendió su hermosura, su delicadeza, y su encanto, los grabó a fuego en la tela de su corazón. Sin poder evitarlo, sus lágrimas se dispersaron por el espacioso margen de sus pupilas, _ ¡Miguel!, _ Insistió, _ ¿Tú me quieres?, _ ¡Sí!, sí te quiero Lorena, _entonces, ¿qué sucede? ¿Por qué no lo dices?, _ Te amo mucho Lorena, desde el primer momento que te vi. Te amé apenas visualicé tu maravilloso cuerpo, desde que me detuve en el efecto embriagador de tus labios, desde que me tocó el alma tu infinita sonrisa, _entonces Miguel, ¿cuál es el problema?, _conservó un prolongado silencio, se recriminó a sí mismo por su cobardía. No se encontraba preparado para constituir una familia, las interrogantes y las punzantes dudas sobre su futuro lo inmovilizaron, no sabía cómo dar respuesta a ese desafío que tenía por delante. Qué haría, en qué trabajaría, no poseía herramientas para ganarse la vida, no poseía nada. _ Miguel,¿ tú me amas?, _ Sí Lorena, yo te amo, _ ¿entonces? _ ¡no puedo, no puedo Lorena! (...) y perdona, _ ¿Por qué Miguel?
_ me voy al Seminario....
A través de sus ojos humedecidos, Lorena suplicó que se quedara, para Miguel la decisión estaba tomada. Fue la última vez que se vieron, el recuerdo de Lorena quedó encerrado en la última lágrima que derramó ese día.
El Señor Ordenes cierra la llave del agua, cesa la ducha, toma su toalla, con ella seca las lágrimas que han reventado desde un tiempo remoto y perdido. Mientras su dolor se desparrama vertiginosamente a toda su alma, su último sollozo recuerda, que sólo sufre por sus innumerables desaciertos.


